El ictus es una de las principales causas de mortalidad en occidente y también supone una importante causa de discapacidad y por tanto un elevado coste económico. Forma parte de las denominadas enfermedades cerebrovasculares y en los últimos años se ha prestado especial interés en la prevención y en la identificación de los síntomas de alarma con el fin de evitar en mayor medida la repercusión de las secuelas secundarias.

¿Cómo se manifiesta el ictus?

El ictus forma parte de las enfermedades cerebrovasculares, las cuales se definen como una alteración encefálica debido a un trastorno vascular. Por tanto, el ictus se denomina al trastorno brusco del flujo sanguíneo cerebral, que provoca una alteración permanente o transitoria de una función determinada de un área del encéfalo (1). Sin embargo, existen diferentes tipos de clasificaciones según diferentes criterios clínicos, topográficos, patogénicos, diagnósticos y pronósticos. En términos generales las enfermedades cardiovasculares se pueden dividir en dos en función de su mecanismo de producción (2):

  1. Isquemia cerebral, en este caso los ictus de tipo isquémico representan entre el 80% y el 85% de todos
  2. Hemorragia, por otra parte, los de tipo hemorrágico solo representan el 15%-20%.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), las enfermedades cerebrovasculares representan la tercera causa del muerte en el mundo occidental, además de ser considerada la primera causa de discapacidad física en la población adulta. Aunque en España no existen estudios de incidencia perfectos, se ha documentado que la incidencia aumenta de forma progresiva con la edad y que afecta en mayor medida a los hombres. No obstante, existen cifras que permiten estimar su dimensión: 150-250 casos por cada 100.000 habitantes/año.

Síntomas del ictus

En los últimos años, las campañas de prevención de este trastorno han aumentado exponencialmente, así como las que de dedican a su identificación para poder actuar de forma rápida y evitar sus secuelas. Algunas de las manifestaciones que pueden ser útiles para identificar signos de alarma son las siguientes siguientes:

  • La pérdida de fuerza en forma brusca en regiones del cuerpo como la cara, el brazo o la pierna de un hemicuerpo.
  • Alteración de forma precipitada del habla, es decir, dificultad para poder hablar y expresarse,
  • Sensación de hormigueo de forma repentina en zonas del cuerpo como la cara, brazo o pierna de un hemicuerpo, provocado por alteraciones de la sensibilidad
  • Cefalea o dolor de cabeza de inicio rápido e inesperado
  • Afectación de la visión, causando la pérdida total o parcial en un ojo o en los dos.
  • Sensación de inestabilidad y desequilibrio, acompañado de los síntomas anteriores.

Estas manifestaciones clínicas en los últimos años desde las instituciones sanitarias se han intentado trasladar a la población para realizar un diagnóstico precoz y posteriormente reducir las futuras secuelas. Estos síntomas y signos pueden desaparecer de forma repentina, sin embargo, no deben ser menospreciados, ya que en muchos casos puede tratarse de un episodio transitorio y si se diagnostica a tiempo, se puede evitar un infarto y con ello unas secuelas mayores.

Secuelas

Los pacientes que han padecido este tipo de trastorno pueden presentar diferentes tipos de secuelas y no son comunes en todos los casos, ya que difiere en función del área encefálica afectada. Por ello su tratamiento en muchas ocasiones debe ser multidisciplinar y requiere la participación de logopedas, terapeutas ocupacionales, psicólogos y por supuesto, fisioterapeutas; además de la figura del médico. Entre la multitud de secuelas es importante destacar las limitaciones y alteraciones físicas tales como:

  • Alteraciones motoras: que afectan a la coordinación, a los movimientos selectivos, al control motor y favorece la debilidad.
  • Alteraciones sensoriales: la mayoría relacionadas con la disminución del tacto, de la percepción de la posición del cuerpo.
  • La espasticidad se trata de una de las secuelas más frecuentes en este trastorno, afectando a un 19%-38% de los pacientes. La espasticidad es una alteración del sistema nervioso central y se manifiesta produciendo un aumento del tono muscular, lo cual dificulta y en algunos casos impide la realización de ciertos movimientos. Por ello, esta secuela suele interferir durante la rehabilitación y es de especial interés para los fisioterapeutas especializados en neurología.
  • El hombro doloroso es una secuela relacionada con la espasticidad y tiene lugar muchos de los pacientes hemipléjicos.
  • Las caídas son episodios que en los últimos años se están empezando a tener más en cuenta y cada día se trabaja más en su prevención, ya que se estima que un alto porcentaje de pacientes que han sufrido un ictus experimentan caídas y en ocasiones, debido al tratamiento farmacológico que reciben, pueden suponer un peligro, provocando sangrados.

Existe un amplio abanico de secuelas secundarias a un infarto cerebral, que requieren la implicación de varios profesionales: alteraciones del lenguaje, depresión, ansiedad, disfagia, dolor central, alteraciones visuales, etc.

Prevención y tratamiento

Durante los últimos años de investigación, se han encontrado varios factores de riesgo que están relacionados con la aparición de este trastorno. Los factores de riesgo se clasifican entres grupos: modificables, potencialmente modificables y no modificables. La identificación de estos factores de riesgo y su tratamiento, en el caso de los modificables es de vital importancia para su prevención. Entre los tipos de factores de riesgo se encuentran los siguientes (3):

  • Modificables: Hipertensión arterial, cardiopatía, tabaquismo. En resumen, son aquellos factores que puede ser tratados o en el caso del tabaquismo, eliminados.
  • Potencialmente modificables: diabetes mellitus
  • No modificables: sexo, edad, factores hereditarios, es decir, aquellos que no se pueden cambiar.

Existen tratamientos preventivos, tratamientos durante la fase aguda y posteriormente, de rehabilitación. Muchos de los tratamientos farmacológicos son prescritos para el control de los factores de riesgo tales como la Hipertensión arterial.

Durante la fase aguda del ictus, en la mayor parte de los casos se suele realizar una intervención quirúrgica en la cual se utilizan diferentes tipos de técnicas y cada vez más mejoradas para evitar cualquier daño a zonas adyacentes durante la intervención. Posteriormente, los tratamientos farmacológicos pueden persistir además de un plan de rehabilitación en función de las alteraciones que presente el paciente en cuestión.

REFERENCIAS

  1. Vivancos J, Gil Núñez A, Mostacero E. Situación actual de la atención al ictus en fase aguda en España. Organización de la asistencia en fase aguda del ictus. GEECV de la SEN. 2003:9-26
  2. Díez-Tejedor E, Soler R. Concepto y clasificación de las enfermedades vasculares cerebrales. Manual de enfermedades vasculares cerebrales, 2ªed. Barcelona: Prous Science, 1999; 43-54
  3. Sacco RL et al. Risk factors. Stroke 1997; 28:1507-17

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