Las diferencias entre el dolor agudo y el dolor crónico son en gran medida aspectos relacionados con la presencia del dolor en el tiempo.

Sin embargo, existen otras características asociadas a estos tipos de dolencias que no están relacionadas con su perpetuidad en el tiempo.

Comúnmente se realiza esta división del dolor atendiendo únicamente al aspecto temporal y dejando de lado las implicaciones fisiológicas, neurofisiológicas o clínicas más representativas e importantes.

Aunque resulta una división muy válida para diferenciar los dos tipos de experiencias dolorosas, resulta muy insuficiente en algunos casos y bien se utiliza de forma incorrecta. De tal forma, que hasta hace pocos años, el dolor e consideraba un síntoma que se producía como consecuencia de una lesión física.

A día de hoy, se define como una experiencia en la que interactúan diferentes factores y su aparición no tiene por qué estar relacionada de forma directa con un daño físico.

Importancia del dolor

Aunque este término se refiere a una experiencia que ocasiona malestar a todo aquel que la experimenta, es importante señalar que su función es la de proteger el organismo. Se trata de un mecanismo de defensa muy importante, aunque su interpretación sea negativa.

Cuando se produce una lesión o alteración tras un trauma, una infección o cualquier fenómeno dañino, el dolor aparece para avisar y alertar al sujeto. Con el objetivo de iniciar una respuesta defensiva que implica una modificación de conducta.

Un ejemplo muy claro es que cuando alguien padece un infarto, experimenta unos síntomas y sensaciones dolorosas que le alertan de que debe acudir al médico. Existen procesos patológicos en los que el dolor se encuentra inhibido y el paciente no es capaz de experimentarlo aunque presente daños físicos importantes como fracturas o roturas. Debido a la ausencia del mecanismo de alarma su pronóstico es de mayor gravedad.

Por otra parte, su aparición no solo propicia cambios de cultura, sino que avisa al organismo antes de que se produzca una lesión, es decir, tiene carácter preventivo.

Cuando realizamos un movimiento extremo, es común, que aparezca este indicador para avisar que se debe cesar el movimiento y así evitar un daño físico.

Sin embargo, esta respuesta neurofisiológica en ocasiones se activa de forma incorrecta, excesiva o inadecuada, en ausencia de patología o daño físico. Por tanto, es importante diferenciar la entidad aguda y crónica, puesto que tienen mayores implicaciones que el aspecto temporal.

¿Qué es el dolor agudo?

Desde hace décadas el apellido “agudo” ha dado entender que este tipo de experiencia esta relacionada con su expansión en el tiempo, en este caso breve.

Se entiende como aquella experiencia que se presenta durante no más de seis meses. Su intensidad suele estar relacionada con el daño potencial que se ha producido, sin embargo no siempre existe daño físico. Su evolución natural es disminuir de forma progresiva hasta desaparecer cuando no existe una lesión.

En muchos casos se observan mecanismo inflamatorios en la zona en cuestión con sus pertinentes reacciones bioquímicas.

La experiencia dolorosa, en función de la entidad aguda o crónica, será percibida por diferentes tipos de receptores como los cutáneos, los musculo-articulares o viscerales.

En función de su característica “temporal” (aguda o crónica) serán transmitidos por diferentes fibras.

En el caso agudo, las fibras encargadas de transmitir estos estímulos son las fibras A-delta. Lo cual supone un gran hallazgo, puesto que las características neurofisiológicas del dolor no son iguales y por tanto su representación clínica tampoco lo serán.

En este caso se dispara una señal de alarma por sistemas protectores. Sin embargo, cuando no se produce un buen tratamiento, estas señales de alarma pueden perduran en el tiempo a nivel neurofisiológico, dando lugar a lo que se conoce como dolor crónico.

¿Qué es el dolor crónico?

Se define como aquel que perdura durante más de tres y seis meses desde que aparece y en muchas ocasiones no está relacionado con una alteración físicas. No obstante, esta entidad no solo hace referencia al tiempo, sino que también indica que su etiología es de origen multifactorial.

En el caso del componente agudo, desde la perspectiva neurofisiológica, se produce una respuesta sensorial de alarma que activa el sistema nociceptivo. Así, se genera una reacción que sensibiliza a los nociceptores y da lugar a una serie de fenómenos característicos.

Sin embargo, en el caso crónico, esta señal y activación del sistema nociceptivo, puede provocar una sobre-excitación de estructuras medulares y supramedulares.

Por lo que se produce una alteración de la señal dolorosa y un mal procesamiento de la experiencia dolorosa por un mal funcionamiento de los inhibidores del dolor.

Este proceso deriva en pacientes con dolores crónicos intensos que no están relacionados con daños físicos o enfermedades y que les incapacitan para su día a día.

Tratamiento del dolor crónico y agudo

Actualmente, el estudio sobre las técnicas terapéuticas para el tratamiento de la experiencia dolorosa están a la orden del día en la fisioterapia. Cuando más se conoce de la neurofisiología del dolor más avances clínicos se realizan.

Los fisioterapeutas disponen de múltiples herramientas o instrumentos terapéuticos para el tratamiento del dolor agudo: terapia manual, agentes físicos…

Cada vez, existen más investigaciones de tratamientos de fisioterapia en pacientes con dolores crónicos que han demostrado ser eficaces. Por ejemplo, en el caso de la migraña crónica, se ha probado que tratamientos basados en ejercicio y educación terapéutica tienen buenos resultados en la intensidad dolorosa.

En primer lugar, es importante tratar el fenómeno agudo para evitar cualquier tipo de prolongación en el tiempo indeseada y ponerse en manos de un especialista sanitario en el caso de padecer un trastorno crónico.

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